Timidez

“Lo que el vértigo es para el cuerpo, eso es la embarazosa timidez para el alma.”

– Ludwig Borne –

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Se define la timidez como una situación de incomodidad que se vive ante ciertas situaciones sociales. Algunos autores estiman que es una sensación universal. Estudios muestran que al menos 80% de las personas hemos experimentado cierto grado de timidez en algún momento de la vida, particularmente en circunstancias nuevas, en las que no tenemos familiaridad. Sin embargo, para la mayoría esto subyace con el tiempo y con la habituación a estos entornos. Para otros, la cautela en las interacciones sociales y un exceso de pensamiento sobre sí mismo y sobre posibles riesgos, se vuelve central.

El otro es crucial en la experiencia de la persona tímida; el individuo al sentirse “expuesto” ante desconocidos, teme la evaluación negativa o el simple escrutinio que otros puedan hacer de su persona o temen no saber cómo actuar y en consecuencia sentirse humillados por su pobre ejecución.

“La timidez es la desconfianza del amor propio, que deseando agradar teme no conseguirlo.”
- Johann Christoph Friedrich von Schiller -

En cada caso es necesario estudiar el grado de timidez, la interferencia con la vida y las causas que pudieron haber contribuido a su desarrollo; se mencionan una suma de factores internos y externos tales como ambientes o experiencias negativas que pueden favorecerla, familias muy estrictas con castigos frecuentes, ausencia de muestras de cariño, padecer alguna enfermedad o por haber nacido con algún defecto físico que generó retraimiento social, así como algún episodio traumático que haya provocado un momento de vergüenza extrema.

La timidez es una mezcla de miedo más inhición; la persona sufre de  una excesiva percepción de Sí misma que la lleva a estar más pendiente de sus reacciones físicas y emocionales y de la creciente ansiedad que está experimentando, dejando de percibir el momento que está viviendo. Por esta razón, las personas tímidas suelen mostrarse apartadas, hablan en voz baja o se mantienen calladas, como en un segundo plano esperando no llamar la atención; al estar demasiado preocupadas por sí mismas, en ocasiones pueden ser percibidas como distantes y hasta hostiles. Las personas tímidas empiezan a sentir un nerviosismo inevitable, ciertos temblores, pueden llegar a tartamudear, no saben qué hacer con las manos ni hacia dónde mirar, sudan, se ruborizan y tienen otros síntomas físicos que intentan ocultar. Las ideas preconcebidas de que van a hacer el ridículo o de que van a tener reacciones desfavorables en su cuerpo que las pueden poner en evidencia ante otros y tener vergüenza por ello, se convierten como en una profecía y en una penosa contradicción: la persona se mueve entre el deseo de agradar y el temor de no conseguirlo; la impotencia por no saber qué hacer en la presencia de otros.

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En consecuencia, para superarla es importante aprender a poner el foco de atención en lo que ocurre en el exterior, y no en lo que ocurre en el interior, a la par que se relativizan el sentimiento de vergüenza que produce sonrojarse en público o tartamudear o notar cómo tiemblan las manos. El resto del mundo no está tan pendiente de las reacciones físicas o de los síntomas de ansiedad como la persona tímida cree. Y muchas veces, la única persona que percibe el nerviosismo es ella misma.

En resumen, cuando esta incomodidad frente a los actos sociales se transforma en miedo y en posterior evitación de la situación social, es necesario buscar ayuda profesional, en particular si empieza a limitar la vida de la persona, si no logra desenvolverse en los diferentes ámbitos.

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Lucy Roldán Palacio
Psicóloga, M. D.

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