Hospitalidad

“Una gaviota, descendió en un suburbio de la capital de Lu. El marqués de Lu le dio la bienvenida y la festejó en el templo, disponiendo para ella la mejor música y los más importantes sacrificios. Pero el ave estaba aturdida y parecía muy triste, no atreviéndose a tragar un bocado de carne o una sola copa de vino. Al cabo de tres días, murió.

El marqués de Lu agasajó a la gaviota como a él le gustaba ser agasajado y no como a la gaviota le habría gustado”.

(Chuang Tsé)

Reza un proverbio chino que el arte del buen vivir consiste en suponer cada día que tenemos a un huésped importante en nuestra casa. La dimensión de ser hospitalario supone recibir afablemente al que llega, y ante todo, pensar en sus necesidades.

Una persona se sentirá bien acogida si se siente cómoda en nuestra presencia, si siente que tiene libertad de hacer lo que quiera, sin el temor a un posible enfado o a la interpretación errónea de sus acciones; si percibe que tácitamente puede actuar.

La calidad de vida cuando hay invitados, suele mejorar. Con frecuencia, tenemos mejor cuidado de la estética en el ambiente y nos enganchamos más en tareas cooperativas. Si nuestro huésped es extranjero, generamos recursos, somos creativos para mostrarle la buena cara de la ciudad; hasta se vuelve una oportunidad para ir por primera vez a sitios que sabemos existen, pero a los que no hemos ido. La comunicación sobre planes de actividades, se hace explícita, para coordinar su cumplimiento y la retroalimentación sobre cómo nos fue en el día, es extensa…

¡Y si tratáramos de ver a nuestra pareja, a nuestros hijos y a todas las personas con las que convivimos, como nuestros invitados de honor!

Lucy Roldán Palacio

Psicóloga, M. D

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